Miércoles 29 de agosto del 2018

Posverdad y humanidades

La crítica y la reflexión abierta debe primar por sobre la censura.

En los últimos cinco años, el auge de los discursos de odio como de su contraparte reivindicativa han copado la esfera pública y, sobre todo, la universidad ha sido el escenario o campo de batalla, tanto literal como discursivo. Recordemos el caso de la universidad de Virginia, el cual supuso un punto clímax en la opinión pública internacional y motivó una vez más la pregunta por los límites de la libertad de expresión. En medio de este clima de enfrentamiento, la posverdad o la distorsión discursiva de la realidad en la que prima las creencias personales por sobre los hechos, ha sido el sustantivo con mayor repercusión.

Juan Fernando solía recalcar que la universidad, fuera cual fuera el discurso que se discutiera, debía garantizar el debate crítico en el que prime la búsqueda por la justicia, sustentado bajo premisas fundadas en hechos rigurosamente analizados. Trazar límites en la libertad de expresión, recalcaba, era un arma de doble filo que de utilizarse no solo monopolizaba el poder, lo que en sí es criticable y peligroso cualquiera sea quien lo ostente, sino terminaba por victimizar a los victimarios. En este problema ético, defendía que la universidad tenía un compromiso con la búsqueda de la verdad y, por ende, en el camino hacia la meta debían de rebatirse todas las premisas que falsamente se erigieran como esta. ¿Ser tolerante con los intolerantes? Por más que parezca una contradicción, Juan Fernando consideraba que la pregunta cargaba de por sí errores en su formulación. No se trata de ser tolerante en el sentido de avalar y permitir discursos que atentan contra la dignidad humana, la justicia, la igualdad y el bien común; todo lo contrario, la estrategia debe ser rebatirlos tanto en la universidad como en la sociedad, rebatirlos en todos los espacios.

En ninguna circunstancia, las universidades pueden permitirse que un discurso en específico no se estudie bajo el rigor académico; aunque sea todo un reto ético, en tanto centros del conocimiento, tienen el deber de descubrir a quien, en aras de creencias personales, distorsione la “realidad” y nos aleje de “la verdad”. La pregunta, resumía, era ¿cómo actuar frente a discursos que emplean argumentos científicos para sostener discursos de odio y que, en última instancia, buscan “comprobar” lo que su “visión del mundo” ya tildaba de inmutable y real?

Por otro lado, en torno a la crisis de las humanidades, Juan Fernando criticó siempre, fiel a su estilo, tanto el discurso de la burocratización de la universidad en desmedro de los académicos, como la crisis de las humanidades en su dimensión laboral en el Perú y los problemas de endogamia académicos y laborales que acarrea. Sobre el primer punto, resumía, entre risas: “No es lo mismo dirigir un acorazado que una chalupa”. La masificación de la universidad ha cambiado las reglas del sistema y la búsqueda por alcanzar sistemas de “clase mundial” o posicionarse como referente en la región necesita financiamiento, sea externo, privado o donaciones, las universidades necesitan recursos y los recursos necesitan administrarse –recalcaba cada vez que discutíamos.

Sobre las humanidades, cuestionaba con especial ahínco la valoración de ideal humanista ilustrado por sobre la racionalidad práctica. “Tú trabajas, ay qué pena”, y nos reíamos una vez más. Las humanidades deben trazar nuevos caminos laborales fuera de la academia –esa era nuestro punto de concordancia. Finalmente, este “buscar otros tipos de trabajo” le causaba especial interés, pues era defendido por un sistema laboral de carácter vitalicio en el que los académicos se autoreferían o las referencias vivían y morían dentro del grupo. La endogamia no es sana, defendía, ni para la universidad, ni para las humanidades, ni para el sistema universitario; a esto, discutíamos si era posible que las siguientes academias, en especial la humanista, encontrasen más oportunidades laborales en otras universidades (y en el ámbito privado) considerando el esfuerzo por incrementar los niveles de calidad y de investigación en el Perú. Repetía, “tú trabajas, ay qué pena” y volvíamos a reír.

Gracias por todo, Juan Fernando.

Texto de Alejandro Prieto.

 

Fuentes:

 

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