Jueves 30 de mayo del 2019

Brasil, tempos sombrios para cultura

En defensa de las universidades brasileras.

Brasil tiene el sistema universitario más grande de América Latina, pero como solía decirse de este país continente, es un gigante con pies de barro. Tiene poco más 257 universidades considerando sus diferentes modalidades (federales, estatales, con posgrado, solo pregrado), el 47% son privadas según datos de 2015 y a ellas asisten el 73.9% de los universitarios. Pese a todo ello, su cobertura está en 50%, aún por debajo del promedio en la región. El gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) hizo un esfuerzo enorme para ampliar el acceso en las universidades públicas, no solo abrió nuevas, sino que estableció políticas de inclusión en las mejores universidades. No es casual que el mayor opositor a Bolsonaro en las últimas elecciones haya sido Haddad, el ministro de educación del gobierno de Lula.

La particularidad de la educación superior brasilera es que la élite se forma en universidades públicas a la que mayoritariamente llegan los estudiantes mejor preparados de colegios privados de la educación secundaria. Estas universidades están bien dotadas de infraestructura y materiales, son por lo general federales y forman parte de los circuitos internacionales de generación de ciencia y tecnología. Son instituciones que miran fuera de la región y alimentan el crecimiento de los estados más ricos del país, en uno de los países con mayor desigualdad en el mundo (su Gini es 0,53, mientras el del Perú está 10 puntos por debajo), y solo cinco de los 27 estados concentran el 65.2% del PBI nacional.

La corrupción y la crisis política subsecuente se llevaron los sueños de una educación para todos que se sostenía en la enorme riqueza petrolera que yace en el Pré-sal al frente de las costas de Rio de Janerio; y trajo consigo al gobernante más conservador de este sub continente, Jair Bolsonaro. Entre sus propuestas, está armar a civiles para combatir la violencia y reducir el déficit fiscal disminuyendo el presupuesto universitario y concentrándolo en carreras que produzcan beneficios económicos en el corto plazo.

Abraham Bragança de Vasconcellos Weintraub, el actual ministro de Educación, se ha propuesto expulsar el “marxismo cultural” de las universidades, y se manifestó en diciembre a favor de reducir la inversión para las ciencias humanas en detrimento de las prácticas como veterinaria, medicina o ingeniería “que generan más retorno”.

No hay ningún interés por el conocimiento. Las universidades castigadas están entre las instituciones brasileñas que más aumentaron su producción científica en la última década, según datos de la Web of Science, base internacional usada en el Ranking de Universidades de la Folha de São Paulo (RUF).  El ministro de Educación congeló el 30% del presupuesto destinado a estas universidades para este año, dispuso eliminar todas las plazas que desocuparan los profesores jubilados, y establecer un organigrama para todas las universidades que reduce su capacidad administrativa, y está preparando una intervención haciendo uso de su capacidad para nombrar rectores a dedo. Además, retiró becas de investigación que no estaban implementadas, pero sí otorgadas, lo dejó a muchos estudiantes con sus proyectos de estudios frustrados.

“La rectora de la Universidad Federal de Minas Gerais, Sandra Goulart Almeida, explica que al amenazar algo tan básico como el pago del servicio eléctrico, arriesgan apagar equipos de laboratorio como refrigeradores y perder años de investigaciones de punta”, se comenta en la siguiente nota.

Frente a este ataque contra la universidad, más de 1,000 intelectuales de Latinoamérica se han pronunciado en defensa de la universidad. A su vez, la UDUAL, en su última reunión en Perú, con el apoyo de diversas instituciones peruanas y de la región, ha emitido un comunicado en el que “afirma que la vida universitaria en Brasil retrocede a prácticas políticas impuestas por la dictadura militar que ese país padeció en 1964. Señaló que se atenta contra el pensamiento crítico y la pluralidad de ideas, por lo que se comprometió a apoyar la defensa de la autonomía universitaria.”

Por su parte, cientos de miles de estudiantes y profesores han salido a las calles con la consigna “más armas, no; más educación, sí” para enfrentar la política de Bolsonaro y su clan. Por su parte, el gobierno convocó a una movilización en su apoyo. Mientras que las marchas antirecortes reunieron un total de casi 2 millones de personas en 198 ciudades de todo el país, las de la extrema derecha, según el diario O Globo, movilizó a algo más de doscientas mil, en 52 ciudades distintas.

La educación está en el centro del debate político y la definición del tipo de sociedad que se quiere construir. En Brasil (1), como en el Perú, los grupos más conservadores quieren destruir las políticas que apuntan a una mejor educación y oportunidades educativas para todos. En México (2) y Venezuela (3) el populismo vende el futuro de la educación a cambio de aplausos en el presente.

 

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