Jueves 09 de mayo del 2019

Arquitectos "sueñan" con dormir

Carga académica, salud mental y nuevas expectativas en la universidad chilena.

El pasado 18 de abril, un grupo de estudiantes de arquitectura de la Universidad de Chile realizó una manifestación en contra de lo que consideran niveles inaceptables de carga académica en su carrera. Una representante estudiantil explica que la manifestación responde a una larga data de problemas: “El psicólogo de la universidad está copado. Muchos compañeros se han enfermado por estrés debido a la carga académica y ha habido intentos de suicidio”.

La arquitectura como carrera tiene una reputación de enorme exigencia y largas horas dedicadas a la elaboración de proyectos, sobre todo en la construcción de maquetas y elaboración de planos. Específicamente, se estimula el trasnocharse, teóricamente en pos de la calidad de los proyectos presentados. Cristian Villanueva, titulado de arquitectura de la misma universidad cuenta que “era un secreto a voces, no se hablaba del tema. Era mal mirado dormir. Si dormías te trataban de flojo”. La privación del sueño se encuentra engranada en la misma cultura académica. Una investigación que trabajó con estudiantes de arquitectura de una facultad estadounidense encontró que su promedio de sueño bordea las 5.7 horas por noche y las amanecidas (“allnighters”) ocurrían en promedio 2.7 días al mes. Los efectos en la salud de estas prácticas están largamente comprobados y son sombríos: la obesidad, el cáncer, las enfermedades coronarias, la diabetes e infecciones han sido relacionados a la insuficiencia de descanso. Asimismo, los malos hábitos formados se normalizan al ser reproducidos en los espacios compartidos donde los estudiantes trabajan tales como los salones taller.

Además, como efecto más inmediato, la salud mental ha estado en el centro de la discusión. Juan Pablo Urrutia, jefe de la carrera de Arquitectura, mantiene que la sobrecarga académica es real y lo ha sido históricamente “donde incluso la práctica de la humillación era aceptada”; sin embargo, mantiene que “no hay que confundir esfuerzo con sacrificio. Estudiar implica perseverancia, dedicación, vocación y mucho trabajo. Pero no un sacrificio. ¿Sacrificar qué? ¿salud mental? No.” Sin embargo, la plana docente parece encontrarse desconectada de este enfoque. Se encuentra, por ejemplo, que para los docentes es habitual lanzar maquetas al piso “para ver si funcionan”. Deslegitimar e incluso físicamente destruir los productos del esfuerzo de los estudiantes crea ambientes emocionalmente violentos que no estimulan el aprendizaje, la creatividad ni el bienestar estudiantil.

La respuesta frente a la protesta estudiantil ha sido mixta. Entre las voces de apoyo se encuentran estudiantes de otras facultades, tales como derecho, que han sido confrontados con sus propias dinámicas académicas tóxicas; así como también de parte de la sectores de la academia y sociedad civil. Al respecto, el periódico La Tercera entrevistó a tres arquitectos establecidos en su campo que repitieron los temas comunes de la normalización de la sobrecarga y la responsabilización de los alumnos por su (in)adecuado manejo del tiempo. Una crítica más severa se encuentra en la opinión de Cristian Boza, quien estudió arquitectura en la década del 60 y encuentra a las protestas exageradas: “Es de reflexión, de opciones, de alternativas, de encontrarse consigo mismo, de sufrir, de llorar, de trasnochar, etcétera. Es atípica respecto a otras disciplinas, por algo se le llama el arte mayor”.

Este tipo de romantización de la carrera, sin embargo, es peligrosa, pues fácilmente puede justificar y esconder falencias del currículo, de la capacitación docente y de los servicios de acompañamiento psicológico. Por ejemplo, uno de los puntos de quiebre para esta manifestación se puede rastrear al cambio de la malla curricular del 2016 tras el cual se difuminaron estándares de calificación, se “tallerizaron” cursos teóricos (que ahora requieren desarrollo de proyectos o extensos trabajos) y se debilitó la guía/orientación para los alumnos, mientras que se mantuvo la exigencia. Arquitectura, además, es una carrera única en el sentido que debe combinar el cálculo matemático aplicado con vastas habilidades creativas, y con la creación sistemática de proyectos desde el primer ciclo (en muchos casos los talleres toman una prioridad desproporcionada por sobre los demás cursos).

Más allá de todo el debate generado, lo que queda en claro es que se están generando nuevas expectativas de cuidado por parte de los estudiantes hacia sus facultades. Exigir la visibilidad de las dificultades que enfrentan, así como mejoras en los servicios, la planificación de los cursos, el trato docente, etc. es sumamente razonable e, incluso según el jefe de la carrera, “es impresentable referirse a los estudiantes como flojos por cuidar su salud mental o por manifestarse en contra de un sistema laboral alienado que no desean replicar”. Pero esta acusación es precisamente lo que ha ocurrido en contra de los alumnos por parte de importantes figuras políticas, desde los que resaltan su falta de “disciplina creativa” y noción de sacrificio hasta los que los llaman “millenials consentidos y blandengues”.

Estamos ante la vieja lógica decimonónica de “lo que no te mata te hace más fuerte”, enfrentada a una nueva noción en la que el aprendizaje, la creatividad y la búsqueda de la excelencia son actividades que pueden ser placenteras, y que no necesariamente el que aprende más rápido aprende mejor. Moldear habilidades rentables en los alumnos como si de sus maquetas se tratara y por sobre cualquier otra consideración, incluso las de su propio descanso y paz mental, no se alinea con las expectativas de los alumnos actuales. La solución no pasa por la dilución de excelencia académica en este caso, sino con un diálogo más fluido, horizontal y empático dentro de la facultad, una clara debilidad para una comunidad académica tan popularmente conocida por sus jerarquías.

 

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Aviso: Los contenidos de este boletín sintetizan la información y los debates tomados de los medios de comunicación y las investigaciones que se citan al pie. Su contenido no refleja necesariamente la opinión del Vicerrectorado Académico de la PUCP.


 

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1 comentarios

Gonzalo Chong| 17 mayo, 2019,a las 11:18 am

Interesante artículo. Creo que hubiese estado mejor contrastado si se aprovechaba el eapacio para hacer una revisión del modelo educativo de la PUCP. Es decir, ustedes cuentan con una Facultad de Arquitectura y quizás, quien sabe, con su propia versión del infierno de Dante. Pues a la luz de lo ocurrido en Chile ¿cuales son las condiciones de salud mental que propicia el diseño de currícula y de trabajo de su facultad? ¿Que opinan los profesores y alumnos del campus al respecto? ¿Esta reflexión los llevará a plantear cambios en el modelo educativo de la carrera de Arquitectura?