Jueves 31 de mayo del 2018

"We don’t need no education"

The Case against Education, un libro que asegura que nos iría mejor si dejáramos de gastar tanto en educación.

La discusión sobre el valor de la educación no es nueva, pero sí muy actual. En una nota reciente (ver) discutíamos los retornos económicos de la inversión en educación superior. Otras perspectivas discuten si el valor que brinda la educación recae en las habilidades y competencias prácticas y cognitivas que forma en los estudiantes, o en el valor simbólico asociado a la credencial educativa. Estas dos posturas han sido usualmente retratadas por la teoría del capital humano y la teoría de la señalización (signalling), respectivamente.

The Case against Education: why the education system is a waste of time and money [1], del norteamericano Bryan Caplan, es el más reciente texto de este segundo enfoque. Lejos de negar el beneficio económico de la inversión prolongada en educación, el autor comprueba que, a más años de estudio y mayor nivel educativo, mayores ingresos económicos. No obstante, tal retorno económico no sería resultado de las habilidades aprendidas durante todos esos años formativos, sino de lo que el autor denomina el valor de “señalización” (signalling). Veamos.

¿Cuánto aprenden realmente los alumnos durante sus años escolares y universitarios? Según el autor, más allá de ciertas habilidades lógico-matemáticas y comunicativas, no mucho. En particular enfrenta la idea de que los cursos de humanidades y ciencias sociales aseguren una visión integral de la sociedad y del conocimiento; sostiene que no aportan significativamente a los estudiantes, ni como profesionales, ni como personas, salvo a aquellos que planean dedicarse a la docencia o a la investigación, o a quienes tienen un interés personal particular en dichos temas; es decir, a una minoría. En general, lo que los estudiantes retienen es, solamente, una pequeña parte del conocimiento y de las habilidades que se les enseña a lo largo de la formación, no importa si es matemática, ciencia o historia, y esa parte que retienen es justamente aquella con la que continúan trabajando luego (que incorporan como competencias laborales). Por lo tanto, lo más fundamental de las competencias laborales no se aprende durante la formación profesional, sino en el trabajo mismo, “en la cancha”.

Si estos supuestos fueran ciertos, la credencial educativa no aportaría realmente información sobre las destrezas profesionales del egresado, sino que reflejaría ciertos datos sobre su productividad. Caplan sostiene que un mayor logro educativo indica tres capacidades especialmente valoradas por los empleadores: 1) inteligencia, 2) escrupulosidad (conscientiousness) y 3) conformidad. ¿Qué implica esto? Los empleadores estarían en la búsqueda de empleados que se adapten, con suficiente celeridad y compromiso, a las demandas del empleo, sin importar si estas demandas hayan sido cubiertas por el plan de estudios de la carrera. Si bien es posible, dice el autor, adquirir estas capacidades sin asistir a una educación formal, las credenciales educativas son una garantía que reduce el riesgo del empleador y representan, por tanto, señales de empleabilidad.

Por otro lado, siendo que la educación superior está crecientemente generalizada en todo el mundo, el abandono de la educación conlleva un estigma ante los empleadores. Esta importancia de las credenciales educativas aumenta la competencia por obtener mayores estudios, asistir a mejores universidades y acumular aspectos visibles que “certifican” la calidad educativa en un sistema que da un gran peso a estos signos visibles. Así, la misma carrera no tendrá el mismo valor si es que el profesional es egresado de una universidad prestigiosa o de una universidad menos valorada, y la incorporación de este cálculo al momento de elegir el centro de estudios es una expresión precisamente del sistema que alimenta la competencia entre estudiantes y entre universidades. La consecuencia evidente de esto es una inversión enorme de dinero, tiempo y esfuerzo, por parte del Estado, de las instituciones educativas y de las familias.

Frente a este escenario, que Caplan considera absurdo, sostiene que debemos dejar de promover con tanto énfasis la formación universitaria y ofrecer, en cambio, mayor capacitación vocacional y oportunidades para trabajar desde más temprano en la vida.

Sin embargo, el autor considera improbable que el sistema educativo cambie en dirección a lo que él propone, fundamentalmente por dos motivos: a) la “deseabilidad social” (social desirability bias) de la educación, es decir, su carácter “aspiracional”, tan extendido en casi toda la población; y b) la influencia y capacidad de presión (lobbying power) del “establishment” educativo que es el principal beneficiario (económico y político) del sistema existente.

[1] La traducción del título sería: “El caso contra la educación: por qué el sistema educativo es una pérdida de tiempo y dinero”.

 

Fuentes:

  • Caplan, Bryan (2018) The Case against Education: why the education system is a waste of time and money. New Jersey: Princeton University Press.
  • Imagen: Deviant Art

 

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3 comentarios

José Maria NAMOC Medina| 9 junio, 2018,a las 2:42 am

CIERTO
CON TODO EL CAPITAL ECONÓMICO Y EL TIEMPO INVERTIDO POR EL ESTADO Y LA FAMILIA SE TRADUCE EN GRAN GASTO.
LEJOS DE SER UNA GRAN INVERSIÓN.

Guillermo Figueroa| 9 junio, 2018,a las 4:44 am

Efectivamente. En mi práctica docente encuentro que los alumnos ingresantes a la universidad han olvidado cuestiones tan elementales como las áreas de figuras geométricas. la regla de tres simple, los cuatro puntos cardinales , la diferencia entre moléculas y átomos, la etimología de palabras tan usadas como teléfono, los metros cuadrados que tiene una hectárea.

Del mismo modo, ¿cuánto de lo que les enseñamos en la universidad les quedará al fin de sus estudios?

Francisco VÁSQUEZ CARRILLO| 9 junio, 2018,a las 8:59 pm

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