Miércoles 28 de marzo del 2018

¿Qué no defender de las humanidades?

Reflexiones en torno al detrimento de las humanidades en el sistema educativo (universitario).

A lo largo de los últimos años, académicos de todo el mundo, especialmente de las humanidades y las ciencias sociales, han publicado una serie de críticas frente al sistema universitario y al sistema educativo actual. Las críticas nacen del recorte generalizado del número de cursos de humanidades, ya sean de filosofía, historia, lingüística, arqueología, filología, literatura, entre otros, y frente a lo que identifican como la hiperburocratización de la universidad, fenómeno que alegan afectaría la creatividad intelectual, la búsqueda de la verdad, el ejercicio de la investigación y demás tareas del pensamiento. A continuación, un breve análisis crítico de algunos de los argumentos más comunes a la hora de defender las humanidades y un apartado sobre qué no defender de estas.

 

Sobre recortes, democracia y burócratas

En cuanto al argumento sobre recortes, se esgrime que la eliminación del área de humanidades esconde la búsqueda por generar ciudadanos, mejor dicho, empresarios, sin conciencia crítica, competencia intelectual altamente desarrollada en cursos de humanidades –aunque, claro, no exclusiva de estas. Anclemos dicha discusión en el Perú. La educación básica en este país, dice un crítico, ha sustituido el portafolio humanista por un curso rotulado como Comunicación, el cual podríamos identificar como una amalgama de conocimientos dedicados al lenguaje que no termina de asegurar las competencias básicas de lectura y escritura sin suplir las de las otras áreas del pensamiento humano; no existe un solo curso dedicado al amor por la sabiduría. Luego, respecto de los alumnos que ingresan al sistema universitario, según Sunedu, el cultivo de las humanidades es proyecto y producto de un reducido número de casas universitarias (especialmente privadas), ya que la tendencia generalizada en el sistema universitario es la maximización de las materias “útiles” para el desarrollo en general (profesionales) y de una profesión específica (profesionalizante); aún falta debatir la impronta humanista de los EE.GG contemplados en la Ley Universitaria. En otras palabras, el recorte es un hecho, no peruano, sino global; sin embargo, si bien pensar en y desde las humanidades nos proporciona una serie de herramientas intelectuales, el sistema educativo también debe velar por la generación y correcto uso de la economía o de carreras profesionalizantes. El problema radica en lo bochornoso y promovido del actual desbalance educativo.

Un segundo argumento suele proponer que una educación humanística general es pilar fundamental de una sociedad democrática. Resulta curioso este argumento si consideramos que durante casi toda su historia las humanidades han sido un instrumento de diferenciación social y político de las élites y su masificación no es sino consecuencia de los más altos niveles de acceso global a la educación, primaria, secundaria y/o universitaria jamás experimentados. Sin embargo, en tanto es una de las manifestaciones del capital cultural por excelencia, el acceso a las humanidades en sociedades democráticas sí debería ser universal, por lo que el detrimento de estas solo reproduce desigualdades históricas latentes de capital social y, de no defenderlas, la producción y el consumo de muchos productos culturales, sin entrar en el debate entre “alta” cultura y cultura “popular”, experimentarían un peor escenario del que ya existe –al menos en Perú.

Por último, un tercer argumento en defensa de las humanidades versa sobre cómo la hiperburocratización del sistema universitario afecta directamente la práctica humanista. Si por burocratización entendemos que el sistema universitario actual está sometido a una serie de demandas y requisitos de rendición de cuentas, tales como acreditación (internacional), seguimiento de egresados, generación y asignación de recursos propios, estándares de publicación y una larga lista de etcéteras, entonces reconocemos que la universidad actual no es la universidad del s. XX y la burocratización es un fenómeno imparable en la relación entre la comunidad universitaria y quienes la financian, sea el mercado o los recursos públicos. Para continuar con este último punto, primero pensemos qué no defender de las humanidades.

 

Sobre meritocracias, clientelismos y aislamientos

Considerando dos variables, la burocratización y el mercado laboral actual, quien defiende las humanidades suele defender un bien en sí mismo y lo defiende mientras se aísla o tiene una baja o nula vinculación con el mercado laboral, lo que en términos de producción intelectual lo u la obliga a entrar en un cierto círculo vicioso de autoreferencia endogámica; es decir, practicar humanidades desde y solo gracias a la seguridad de la cátedra y a los fondos concursables de las universidades; esta práctica termina por asfixiar los canales y espacios de pensamiento, ya que el puesto laboral de un humanista suele ser de carácter vitalicio. Además, en el día a día, el sistema laboral humanista no suele ser meritocrático, ya que, por ejemplo, aún no se instalan concursos públicos obligatorios para el acceso a las primeras instancias de dictado, jefes de práctica y otras formas análogas de colaboración (a pesar de la Ley Universitaria) y no aún no se les puede garantizar condiciones laborables adecuadas, ya que no son considerados docentes (debido a la citada Ley). En este contexto, quien defiende a las humanidades frente al embate de la burocratización se olvida que no solo está defiendo sistemas de pensamiento, sino, también, condiciones laborales que, en mayor o menor medida, pueden ser renovadas si se empieza a tener una mejor relación con el mercado y con los no tan querido burócratas.

Humanidades, siempre, pero con mejores condiciones laborales.

** Sobre burocratización universitaria y otros problemas, léase las siguientes notas (1, 2, 3, 4)

 

Fuentes:

 

Antecedentes:

Deja un comentario