Jueves 28 de junio del 2018

La otra cara de la corrección política o la muerte de la ironía

Las reivindicaciones identitarias en la universidad responden a una deuda histórica largamente vencida, pero ¿qué tipo de consecuencias no deseadas podemos prevenir como resultado de los rápidos cambios planteados?

Los logros de justicia social en la forma de reconocimientos identitarios han tenido grandes repercusiones en las expectativas de los jóvenes sobre cómo debe ser su experiencia universitaria. Muchos estudiantes esperan que los discursos y prácticas que sostienen formas sistemáticas de opresión (discriminación de género, racial, por origen, etc.), tanto explícita como implícitamente, sean pública e institucionalmente rechazados. Esta es la posición que han adoptado numerosas instituciones, por lo que han tomado medidas para identificar y sancionar a los profesores y alumnos que comentan estas faltas (ver sanciones a estudiantes en U.K. y EE.UU. 1 y 2 y a un profesor en EE.UU. 3). La reivindicación de poblaciones históricamente oprimidas y la visibilización de las formas de violencia que han sufrido son deudas largamente vencidas. Muchos campus universitarios están transformándose en espacios seguros. Sin embargo, estos vertiginosos cambios pueden llegar a tener consecuencias no deseadas.

En primer lugar, como hemos reportado anteriormente, la respuesta de un grupo de la población estudiantil hacia este giro conceptual ha sido en ocasiones tremendamente violentas. Los estándares de qué se considera aceptable han cambiado dramáticamente y en muchos casos son difusos. Este proceso de reforma cultural/institucional interna, se enmarca asimismo en sociedades sumamente excluyentes que naturalizan roles y estereotipos criticables. Dubet (2005: 65) mantiene que la escuela históricamente se ha construido en gran parte como un santuario de las élites identificada con principios fuera del mundo y a ser protegida de los desórdenes y pasiones de la sociedad. La universidad en sí se construye como un ente separado simbólicamente de su área de actividad. La reflexión académica ha contribuido a la construcción de estándares de comportamiento a partir de la conceptualización de qué implica la violencia y hacia quienes se suele expresar.

Así, las humanidades y ciencias sociales proporcionan categorías que critican los sentidos comunes. Este sentido crítico se traspasa a la ética de jóvenes estudiantes que militan, activan o simpatizan con ideas liberales y progresistas que, sin embargo, se enfrentan a un fenómeno que pueden categorizar, pero no cambiar estructuralmente. Zizek plantea que las reglas de la corrección política que se institucionalizan solo logran invisibilizar estructuras de odio que se mantienen e incluso exacerban a partir de la división simbólica formada entre estos grupos y un subalterno simplificado que construyen discursivamente como “el que discrimina”. Así, por un lado, lo que se previene (reprime) en el campus se manifiesta en las redes sociales: violencia y odio. Y por otro lado, la exacerbación justifica el boicot, incluso violento, de charlas o clases percibidas como amenazantes para las reivindicaciones identitarias logradas. La segunda consecuencia no deseada, entonces, es la falta de diálogo entre diferentes facciones ideológicas y posiciones políticas al transformarse la concepción de la universidad como santuario y el compromiso con la libertad de pensamiento y de palabra.

Una tercera consecuencia no deseada es un miedo latente a ser injustamente acusado de acoso y las consecuencias que tiene para las carreras profesionales de las mujeres. Se reporta en EE.UU. que en ciertas ocasiones, profesores hombres rechazan o evitan la mentoría a estudiantes mujeres a partir del riesgo de verse implicados en escándalos que puedan repercutir en sus carreras. A pesar de que las denuncias falsas son escasas y que rara vez terminan en sanciones, este temor generalizado podría despojar de oportunidades a muchas estudiantes. Asimismo, una encuesta sobre los principales problemas reportados con el movimiento de #metoo señala entre estos a la pérdida de oportunidades laborales para las mujeres a partir del recelo de los hombres de trabajar con ellas ¿puede considerarse esto como otra manifestación de machismo? Se podría debatir, sin embargo, que el empoderamiento masivo que ha traído el movimiento para las mujeres en sus áreas de trabajo genera más ventajas que desventajas para sus carreras.

Finalmente, una cuarta consecuencia indeseada recortaría las libertades de los estudiantes sobre su producción académica. Universidades australianas top (Queensland, Sidney, Griffith, Newcastle) están siendo severamente criticadas al ser reportado que se le resta puntaje a los estudiantes por no utilizar lenguaje inclusivo o no binario en sus trabajos. Esto incluye a palabras con el sufijo man tales como man-made o mankind; así como las descripciones de mujeres basadas en una posición secundaria ante alguien o algo tales como “esposa de”, “madre de”, etc. Julie Duck, la decana ejecutiva de la facultad de Humanidades y ciencias sociales de Queensland, justifica las medidas señalando que “se aconseja a los estudiantes evitar el lenguaje de género sesgado de la misma forma que se aconseja eviten el lenguaje racista, los clichés, las contradicciones, los coloquialismos y la jerga en sus ensayos”. Llegar a generar consensos sobre lo que se considera aceptable dentro de la academia minimizando el conflicto se perfila como uno de los grandes retos de la ética en la educación superior. A estar atentos. (Artículo actualizado el 05 de julio).

 

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