Jueves 21 de junio del 2018

El juego del huevo y la gallina: universidad y desarrollo

Universidades, desarrollo global y desarrollo local.

A fines de mayo, THE presentó un conjunto de artículos sobre la relación entre universidad y empresa, y sus consecuencias al interior de la universidad y la sociedad misma. Nadie parece negar que esta relación exista, la discusión está en cuál debe ser el balance. Una mayor relación con la empresa impacta en los planes de estudio haciéndolos más aplicados o -al límite- completamente orientados a satisfacer las necesidades de las empresas; sin embargo, es necesario también pensar en lo que es necesario para el país y las responsabilidades que deben asumir los profesionales (ver nota previa). De otra parte, agrega THE, también debe discutirse si es la universidad la que impulsa el crecimiento económico, o si es al revés; esta es una pregunta importante sobre todo para los países en desarrollo, aunque ningún gobierno en el mundo se atrevería hoy a dejar de lado a la educación superior.

Con relación a este tema, John Warren, actual vice-chancellor de la Universidad de Recursos Naturales y Medioambiente de Papúa Nueva Guinea, sostiene que, de acuerdo con la percepción británica, la idea de que la educación universitaria es el principal motor del desarrollo de los países es, en su país, parte del sentido común, y es la justificación para que este sector educativo reciba especial apoyo de parte de los gobiernos nacionales y de los organismos multilaterales (ver nota previa). La razón es la convicción de que aspectos como el aumento de la matrícula, mejoras en las habilidades de las personas, capacidad de producir innovación tecnológica e investigación, y generación de patentes, corresponden a  un proceso lineal y se traducen en un incremento de productividad y crecimiento económico. Esta relación se sustenta en la correlación positiva entre la calidad de la educación universitaria (expresada en la cantidad de citas de las publicaciones de investigación), el PBI per cápita y el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Pero la correlación nos obliga a preguntar si hay vínculos de causalidad entre estos factores, y también sobre la manera en la que fluye la causalidad.

Sobre este tema, Anna Valero señala que la relación entre investigaciones académicas y mayor crecimiento económico es más fuerte a nivel local que a nivel regional o nacional y, además, puede variar dependiendo, entre otros aspectos, de las características históricas y el marco institucional de cada país; por ejemplo, el vínculo investigación-crecimiento económico será menor en países altamente desarrollados y mayor en países en vías de desarrollo.

 

Otra crítica (más) a los rankings

Ocurre con los académicos una cosa paradójica: cuando ven que no figuran en los rankings internacionales, toman como ciertos los resultados que se muestran, olvidando que en sus propias disciplinas no aceptarían que les muestren un promedio que no esté, cuando menos asociado a la varianza. Para los políticos, el asunto es más simple, basta ver la ubicación en un ranking para saber si las inversiones hechas en una universidad valen o no la pena, y proceden a tomar decisiones sobre financiamiento.

Nadie se pregunta si hay algo en común entre las universidades que están en el “top ten” y las que enfrentan mayores desafíos en países menos desarrollados o, dicho de otra manera, si lo que se mide permite comparar instituciones tan diferentes y tomar decisiones para hacer cambios, ya que los estándares son útiles solo si nos ayudan a mejorar.

Otra sobrevaloración de los rankings se manifiesta también en propuestas que señalan que, en lugar de invertir en la educación de un país pobre, se debe enviar a sus estudiantes a las universidades extranjeras de élite, sin considerar que finalmente beneficiarán más a los países de esas universidades que al suyo propio.

Warren sostiene que la excesiva preocupación de los rankings para determinar los establecimientos de élite impide ver que las pequeñas universidades de países en desarrollo pueden generar impactos tan significativos como los de Oxford o la Ivy League. Es hora de tener una clasificación de universidades de los países en desarrollo; si, por ejemplo, identificamos instituciones que pueden ayudar mucho con un presupuesto mínimo, podemos también descubrir cómo lo hacen y compartir las mejores prácticas. (Ver nota previa).

Con esto, no solo se quiere contextualizar mejor el valor generado por las universidades y la investigación universitaria en términos sociales y culturales, sino económicos. Las necesidades industriales de países desarrollados son distintas y hasta opuestas a las de países con menor capital y con menor grado de desarrollo tecnológico y científico. Por tanto, las investigaciones, carreras y aptitudes que se busquen fomentar en las instituciones de formación superior no tendrían por qué acomodarse necesaria o principalmente a las exigencias del mercado laboral mundial, sino que deberían canalizarse a problemas prácticos e investigaciones que permitan un despegue de la economía local, de acuerdo a las facilidades y los requerimientos que la industria o el gobierno local necesite. De esta manera, podría quedar más clara la causalidad entre las acciones de la universidad y el crecimiento económico y el desarrollo humano de su colectivo.

 

Fuentes:

 

Documentos:

 

Antecedentes:

 

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