Jueves 24 de mayo del 2018

El futuro, hoy (por ahora, solo en Lima)

Haciendo un balance sobre la infraestructura digital en la educación superior.

La tecnología digital no ha generado una época de cambios, sino un cambio de época. Los cambios culturales y económicos devenidos de la internet son espectaculares; sus implicaciones son serias en el modo cómo se relacionan las personas, en sus relaciones con la información y en el entorno en que trabajan, para mencionar solo algunas. La educación superior responde a estos cambios; está interesada en mantenerse a la vanguardia de la generación y procesamiento de la información, en el uso de la tecnología con fines pedagógicos y en que sus alumnos puedan practicar “en la cancha” del mercado laboral y la estructura productiva reinventarlos. Vale la pena preguntarse, ¿qué forma toma esta dinámica? Y ¿cómo está afectando esto a la sociedad en general?

Las distintas formas en que las universidades han respondido son un síntoma de las desigualdades en que se inscriben. En Perú, se ve claramente esta desigual incorporación de tecnología dentro del campus universitario. Una exploración web muestra nuevos laboratorios para innovación y enseñanza equipados con una mezcla de laptops especializadas, impresoras 3D, drones y equipos de realidad virtual: UTEC Garage, SAP Next-Gen ULima, FabLab ESAN, FabLab UNI, FabLab UContinental, VEO PUCP, o la sala de realidad aumentada que acaba de inaugurar PUCP en alianza con Samsung. Estos esfuerzos generan sinergias positivas para los fines académicos y proyección laboral de los estudiantes. La investigación e innovación es fomentada a través de la nueva infraestructura. Podemos notarlo a través de iniciativas como la de co-innovación con la tecnología de SAP Next-Gen en la UPC que ha permitido que 12 proyectos de ingeniería de sistemas se presenten en Nueva York el año pasado.

Sin embargo, existe un lado oscuro en este proceso. Una infraestructura digital altamente diferenciada entre universidades (privadas y limeñas vs públicas y de provincia) subraya la inequidad dentro de la educación superior. En el 2014, los egresados de las universidades públicas peruanas evaluaron el servicio de internet como bueno o excelente solo en 22% de los casos, comparado a 55% de los egresados de privadas asociativas. También, aprobaron los laboratorios de cómputo en un 33% de casos, frente a la aprobación de 69% de sus pares en privadas asociativas.

Otro lado oscuro es la insuficiencia en el avance. CENTRUM católica presentó un ranking de competitividad digital el año pasado en el que nuestro país ocupa el penúltimo puesto antes de Venezuela. Las variables mencionadas son conocimiento, tecnología y preparación para el futuro. Según Luis del Carpio, director en CENTRUM Futuro, las principales razones son las falencias del sistema educativo respecto a conocimiento, el hardware y la inversión y su regulación respecto de las herramientas. Existe un déficit de laboratorios o carreras modernas en las universidades que les impide cumplir el rol de motor. Una consecuencia podría explicar los problemas de empleabilidad. El Perú tiene un serio problema de subempleo profesional juvenil, y que se debe en parte a la desconexión de la educación superior con el mercado laboral.

No hay soluciones fáciles. Se está invirtiendo fuertemente en la creación de laboratorios innovadores, pero es imperativo que se empalmen estos esfuerzos con la capacitación de profesionales que puedan operar (o aprender a operar) los equipos y que compartan los conocimientos con sus respectivas comunidades educativas para generar nodos de producción de conocimiento.

Según el censo del 2016 de CONCYTEC, entre las razones que los centros de investigación plantean como obstáculos a su realización de proyectos de investigación y desarrollo (I+D) se encuentra la falta de personal calificado (21.2%) y la falta de infraestructura física adecuada (20.9%). Parte de esa demanda podría ser atendida por las universidades que implementen estratégicamente nuevos tipos de infraestructura digital en sus campus. En el caso de las públicas, se ve que menos del 5% de su presupuesto para I+D se dirige a proyectos de desarrollo tecnológico, frente a 21.3% en privadas sin fines de lucro y 26.4% en las que tienen fines de lucro (gráfico 4, página 19). Por otro lado, también la mayor parte (el 67.8%) del gasto total en I+D se da en Lima y el Callao (gráfico 7, página 22).

Es válido preguntarnos en este contexto, ¿qué podemos lograr con la infraestructura tecnológica que se está creando en el sistema de educación superior? pero también, ¿qué exclusiones se están reforzando a través de su veloz y centralizado avance?

 

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