Jueves 07 de junio del 2018

Crédito educativo: no todo lo que brilla es oro

“Dime de qué color es tu piel y te diré en cuánto te endeudarás”.

La relación entre desempeño de la economía, impuestos y presupuesto público no es obvia. En EE.UU. la crisis de las hipotecas subprime del 2008 motivó una reducción del presupuesto en educación en muchos estados y municipios, y algunos acompañaron estos recortes con reducción de impuestos, haciendo más difícil mantener los niveles de gasto e inversión precedentes. El informe 2018 del Center on Budget and Policy Priorities muestra que en el 2015 el financiamiento para la educación básica (K-12) se había reducido en 29 de los 50 estados. La falta de recursos redujo las posibilidades de contar con docentes más calificados, el tiempo en la escuela y la cantidad de alumnos por aula, lo que afectó, principalmente, el aprendizaje de los estudiantes de las familias con menor el capital cultural y social, quienes, además, sufrieron la pérdida de algunos de sus activos.

El saldo deja a los alumnos de minorías raciales y étnicas, y de menor nivel socioeconómico, con un déficit de formación al concluir la secundaria, y con grandes dificultades económicas para financiar estudios superiores. De parte del Estado, se cuenta con menos presupuesto para programas de apoyo: los grants federales se han recortado, el crédito para educación se ha endurecido, y las universidades ven disminuido el número de sus estudiantes (ver notas previas 1, 2 y 3).

Con respecto al crédito educativo, el informe publicado este año por el Centro Nacional de Estadística Educativa (NCES) sobre la ayuda financiera para estudiantes de educación postsecundaria sostiene que esta crisis afectó en mayor medida a la población afroamericana que a los otros grupos étnicos. Para 2015, la proporción de deudores creció más entre los afroamericanos (20%) que entre latinos (13%), blancos (11%) o asiáticos (4%) (ver blog de Kelchen).

Kelchen complementa esta información dando a conocer que el 30% de los afroamericanos tienen préstamos por encima de US$100 mil, el triple que la tasa entre los blancos, cerca del doble de la de los hispanos y casi seis veces la proporción entre asiáticos. Al respecto, sugiere que la población negra se endeuda más que otras porque los jóvenes estudian carreras como educación, en las que es más difícil obtener ingresos complementarios como asistentes de docencia.

Por otro lado, The Chronicle of Higher Education reseña los hallazgos de New America sobre los problemas de los programas de crédito mostrando cómo en el 2012, cuando las familias estaban saliendo de sus angustias financieras generadas por las hipotecas subprime, tuvieron que enfrentarse a una restricción de los créditos educativos por una política errada del Departamento de Educación, que trasladó los requisitos de préstamo definidos para el programa Parent Plus (PP)  a los créditos educativos diseñados para cubrir parte de los costos universitarios de las familias con menores ingresos y que, generalmente, eran tomados por la población afroamericana. El efecto de estos cambios se tradujo en una reducción de la matrícula en las universidades orientada a atender principalmente a la población afroamericana (HBCUs), incluso tuvo que intervenir el caucus negro para que se vuelvan a rebajar las condiciones de acceso al crédito y vuelvan a fluir los recursos a las universidades.

Por último, para New America, el sistema de crédito ha permitido que las familias blancas entren en el círculo virtuoso de mejor educación y mayor ingreso, mientras las familias negras permanezcan en el círculo vicioso de deudas crecientes.

 

¿Crédito educativo como herramienta de acceso a la educación superior en el Perú?

Al respecto, en nuestro país, el gobierno a través de PRONABEC, bancos (Interbank, BCP, Banco de la Nación), las mismas universidades (PUCP, UP) y otras instituciones sin fines de lucro (Lumni, Instituto Peruano de Fomento Educativo) impulsan el crédito educativo considerando factores académicos como principal filtro para poder acceder al préstamo, y aunque las cantidades y plazos varían dependiendo al fin específico del uso, todas ellas se rigen por una tasa fija relativamente baja. Sin embargo, de manera análoga a cualquier otro tipo de préstamo, los sujetos de crédito deben de probar estabilidad laboral más o menos prolongada, así como un ingreso económico que permita cubrir las cuotas mensuales. Diseñada de esta manera, la herramienta crediticia es accesible a quienes están en mejores condiciones para pagarla, sin embargo, podría ampliarse un poco más si se desarrollan alternativas de más largo plazo y atados a los niveles salariales del egresado, como en otros países, o se los incluye como complemento a becas estudiantiles parciales.

Beltrán et al (2008) encontraron que, en general, el público que recurre al crédito educativo está constituido por familias de ingresos medios que planean que sus hijos lleven estudios universitarios en instituciones privadas, pero que han previsto periodos que no podrían pagar, y es ahí donde entraría el dinero del préstamo. En el 2013, los mismos autores proponen un nuevo esquema para otorgar el crédito educativo, que gira en torno a reducir la morosidad en el repago y que usa a los bancos como los intermediarios directos (evaluadores de crédito y financistas), focalizando estos beneficios a estudiantes de alto rendimiento en la escuela y cuya probabilidad de concluir la carrera en una institución de calidad sea tan alta como la de poseer un mejor retorno laboral.

Este recuento muestra que los créditos deben estar bien enfocados y no pueden ser los únicos mecanismos si queremos romper las brechas de ingresos y acceso a la educación superior, que impiden el acceso a los sectores más grandes y desfavorecidos.

 

Fuentes:

 

Antecedentes:

 

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