Noticia  |  Jueves, 16 de Noviembre del 2017

J.J. Brunner: "Hay que pensar en la importancia de la diversidad de nuestros sistemas de educación superior"

Con motivo de Aula Magna XXI, en la que este año discutimos el futuro de nuestras universidades, tuvimos ocasión de conversar con el profesor José Joaquín Brunner y plantearle algunas interrogantes sobre las implicancias de la inevitable masividad, sobre la calidad de la formación superior y sobre los retos de los gobiernos frente a los cambios que vienen para AL que compartimos con ustedes.

Novedades Académicas: En América Latina y en Perú, las universidades han expandido el acceso y se cuestiona que esta expansión ha deteriorado la calidad; en este contexto, uno de los retos a los que se enfrentan los sistemas universitarios es con cómo llegar a más y a menor precio; por consiguiente ¿cómo combinar calidad con cantidad y qué significa la calidad en una sociedad donde hay que atender a todos?

Brunner: La calidad se ha vuelto un término completamente discutible en el ámbito latinoamericano, pues viene del contexto europeo donde hay una mayor homogeneidad y se sabe qué significa una universidad de calidad, eso ocurre en Alemania, en Holanda, en los países nórdicos, etc. En América Latina, tenemos hoy día cerca de 4,300 universidades, de las cuales un poco más de un tercio son públicas y de mayor tamaño, y el resto son privadas y más pequeñas; a ellas se le suman 6,700 institutos técnicos y tecnológicos.

En América Latina, existe una matrícula de 25 millones de estudiantes y la mitad van a universidades públicas y la otra mitad a las privadas. Entre las privadas a su vez, la mitad están matriculados en instituciones con fines de lucro, la mayoría en Brasil, pero también hay en Perú, y la cantidad de alumnos matriculados en estas instituciones sigue creciendo en los lugares donde está autorizado este modelo.

Más allá de esta variedad en la forma de gestión, cuando se habla de la universidad y sus equivalentes en Perú, Chile, Argentina, México, etc. no queda claro cuál debe ser su función. La mayoría dice que la función fundamental es la de investigación, porque esas son las instituciones serias. Sin embargo, en realidad hay menos del 10% de universidades de América Latina que se acercan a este concepto. Solo 86 calificarían como universidades de investigación y 400 en total tienen una labor continua de un cierto volumen de publicaciones en revistas internacionalmente registradas, para usar una convención que gusta a los que hacen rankings, el resto o no tiene nada de investigación o tiene algún tipo de publicación esporádica.

En este contexto, es muy difícil y un desafío muy grande hablar de calidad y, por otro lado, se vuelve tan necesario, porque efectivamente un sistema como este se presta para muchas estafas, engaños, etc. El engaño es posible porque esta heterogeneidad del mercado está acompañada por una enorme asimetría de información. La gente que usa el servicio tiene muy poca posibilidad real de saber qué es lo que está recibiendo en la universidad, y no lo va a saber tampoco durante los años que estudia; recién lo va a saber cuando descubra que, por la enorme masificación de la matrícula, el mercado no está reconociendo las señales del título o certificado que obtuvo.

Es importante considerar que en América Latina entran al mercado laboral cerca de 2 millones de profesionales y técnicos por año, y si no hay un muy vigoroso crecimiento de la economía que esté generando puestos para este tipo de profesionales y técnicos superiores, va a ser muy difícil incorporarlos al sistema.

Pero, además del desajuste entre oferta de graduados versus demanda por graduados en el mercado laboral, está la enorme tensión social que se está generando entre jóvenes que, en gran parte, son de primera generación, quienes también reciben señales poco claras del mercado laboral, y tienen enormes expectativas con respecto a que la universidad les asegurará una carrera profesional, un status en la sociedad, un trabajo relativamente independiente y una autoridad sobre un campo de conocimiento. Sin embargo, nada de esto sucede, salvo para los que estudian carreras como medicina, que mantiene un grado fuerte de selectividad y sigue la vieja figura del acceso de élite. Pero, para el resto de disciplinas, el acceso ya ni siquiera es masivo, sino universal como en los países del cono sur, con una participación de la educación superior del orden del 80%; mayor incluso al promedio de los países de la OCDE. Viendo este contexto, el tema de la calidad es incluso un desafío mayor.

Por otro lado, hay muchos aspectos desde donde se puede ver el problema, el primero es el tema de aseguramiento de la calidad y cómo hacer para controlar y acreditar, qué tipo de estándares puedo utilizar para carreras tan diversas, y para ilustrarlo no necesito dar muchos ejemplos, ya que Perú ha tenido una larga discusión al respecto. El otro tema es cómo se financia este sistema universal y masivo basado en un modelo de docencia excesivamente caro, ya que es un modelo intensivo de alta calificación y en el que la mayor parte de los docentes se pretende que sean de jornada completa, pero baja carga lectiva porque tienen que ejercer docencia e investigación, lo cual hace efectivamente que los costos de impartir este tipo de formación en carreras profesionales relativamente largas resulten en un altísimo costo financiero para el país y para los propios individuos. A este costo, hay que sumar el que resulta que parte de los estudiantes está desertando en los dos primeros años, no solo por razones puramente económicas, sino por falta de adaptación académica o porque pierden la fe de que esto los va a llevar realmente a lo que están buscando.

Estamos, entonces, frente a los problemas típicos de unos sistemas en América Latina que en 15 o 20 años han hecho lo que los esquemas clásicos de expansión de la educación superior, como en Europa, hicieron en 40, 50 o 70 años mientras en los países, con ingreso per cápita mejor distribuido, crecía la economía y la reducción de la desigualdad; habiendo ya completado en la mayor parte de ellos la construcción de una educación básica de calidad; y eso vale para Alemania, para Francia, e incluso para países tardíamente desarrollados como España y Portugal, y por cierto vale también para países de Asia que están experimentando procesos igual de acelerados. Por ejemplo, Corea es un país que no le puso mucha atención a la educación superior hasta que no terminó de escolarizar a su población y cuando llegó a tener una educación primaria y secundaria de altísima calidad empezó a invertir fuertemente en educación superior.

Novedades Académicas: ¿Cuáles son los problemas que tienen que enfrentar los gobiernos en cuanto a las políticas de educación superior para cumplir con las condiciones básicas de calidad en la educación superior?

Brunner: En general, yo creo que los gobiernos están bastante sorprendidos, confundidos con este fenómeno, no lo esperaba ni la sociedad, ni los investigadores, ni la clase política, y esta explosión se ha dado en un periodo tan breve que ha puesto en tensión las estructuras que el sistema había construido durante el s. XIX y buena parte del s. XX. América Latina en 1950 tenía sólo 250 mil alumnos, hoy día esta cantidad cabe solo en la Universidad Nacional de Buenos Aires o la UNAM, y eran nada más que 75 universidades. Ahora, hemos pasado a tener 25 millones de alumnos, 4,000 universidades y 6,000 instituciones no universitarias de educación superior.

Viendo este panorama, uno entiende que todos estemos de alguna manera un poco perplejos. Y lo que se está haciendo es, por ejemplo, crear agencias aseguradoras de calidad, dictar normas en la ley orgánica de educación superior que traten de establecer cómo se deben licenciar las universidades, aunque la gran masa de universidades ya tiene autorización. Por otro lado, los gobiernos están tratando que las universidades tengan mayor transparencia, que informen más a la sociedad, que haya una mayor rendición de cuentas sobre todo de los fondos públicos. La sociedad civil y los medios de comunicación hacen un esfuerzo también a través de los rankings que una vez que se globalizan son también un mecanismo privado de control de la calidad.

Pero lo que debería ser un objeto de mayor preocupación e incentivos es que las propias universidades logren desarrollar sus propias formas de gestión y evaluación de la calidad. El foco de la política debiera ser que efectivamente las instituciones sean capaces de regularse a sí mismas, y de tener comportamientos éticamente virtuosos; pero en realidad pocos creen eso. Al respecto, creo que no hay ninguna posibilidad de resolver estos problemas que no sea que las propias universidades tengan la capacidad de autocontrolarse.

Por el momento, lo que se está haciendo en América Latina es un poco perverso porque existe una especie de desconfianza hacia las universidades, y el Gobierno se convierte en una figura que las controla desde fuera y pone reglas, sanciones y trata de cerrar lo que haya que cerrar. Pero esto las convierte en un blanco móvil porque ante esta situación los sistemas desarrollan mecanismos adaptativos para cumplir, pero también para eludir y aprenden a hacer este juego. Por eso considero que este es uno de los aspectos en los que no hemos avanzado, más bien hemos retrocedido. Para revertirlo es necesario estimular la confianza en las instituciones y, aunque a veces puede parecer ilusorio, es necesario recordar que, a través de los años, las universidades siempre han sido y siguen siendo las primeras responsables de su propia calidad.

Al generarse la desconfianza frente a la posibilidad de que la universidad sea capaz de regular su calidad, y al pasar el control a ser puramente externo, puramente burocrático-político, existen serios riesgos para la educación superior como la reducción de la variedad, la homogeneización, la estandarización completa, y los gobiernos en muchas partes buscan eso. Lo que no se logra entender es que parte de la riqueza del sistema de educación superior es que haya una gran diversidad, una cierta pluralidad de proyectos, y en vez de construir sobre esto, el Estado pasa por alto el carácter complejo y mixto que tienen nuestros sistemas.

Novedades Académicas: Su ponencia trata sobre la vigencia de la universidad presencial y en la actualidad existe en general una sobrevaloración de lo presencial frente a lo virtual ¿cómo se podría rescatar la importancia tanto de lo presencial y lo virtual y qué cosas se puede rescatar de lo virtual?

Brunner: En realidad, el problema es muy difícil pensarlo desde los medios y la tecnología, lo importante es tener en claro qué queremos formar y en qué queremos formar. Por ejemplo, lo que queremos es formar integralmente, mecanicistamente o necesitamos formar especialistas para el ocio porque se van acabar los empleos por la robotización. Esto es algo que debemos definir para empezar.

Considerando esto, creo que hay cosas que se podrían hacer con una calidad y a un costo razonable usando recursos de aprendizaje que ya están en todos lados; cabe reflexionar por qué tener en una universidad de nuestros países a un profesor a jornada completa para dictar cada curso, si se puede tener al mejor profesor de Yale en la materia que puede dar un curso a través de los MOOCs.

Sin embargo, considero que no sabemos bien qué es lo que queremos formar. Por otro lado, cuando la gente dice “vamos a cambiar el sistema”, yo pienso que el sistema no se puede cambiar porque representa la organización completa de un cerebro social que está funcionando con miles de millones de conexiones que operan todo el día. No se puede apagar, no se puede cambiar todo, pero sí se puede cambiar un área, por ejemplo, podemos pensar si va a desaparecer lo presencial o las élites van a ser formadas, como lo fueron desde el comienzo de la historia: presencialmente. Entonces, es allí que uno comprende que lo presencial tiene un enorme contenido de clase social y tal vez no vaya a desparecer porque no van a desaparecer las élites y queremos tener élites que mantengan una llama de humanidad, que sepan quién es Homero, que hayan leído a Shakespeare, que sean capaces de pensar humanamente; aunque eso puede terminar en una sociedad donde la diferenciación la hagamos en la propia formación, no por los años, sino por la relación con la propia cultura.

Sin embargo, esto es lo que está sucediendo porque la relación con la cultura que te da la virtualidad puede tener grandes limitaciones. En este estricto plano y en este sentido, pensar que lo virtual sustituye la experiencia vital que pueden dar las relaciones cara a cara tiene consecuencias. ¿Las élites quieren tener esto para sus sucesores? Pues yo creo que no quieren que estos se formen solos en un rincón mirando todo el día una pantalla, más bien, quieren que se formen viajando, estando con gente, que aprendan a manejar situaciones, que resuelvan crisis, que aprendan a mandar; esas cosas se aprenden entre la gente y entre pares.

Novedades Académicas: En el campo de la educación superior: ¿cómo ve la posición de Perú con respecto a América Latina y cómo está la posición de América Latina frente al resto del mundo?

Brunner: Yo creo que lo más importante a tener en cuenta es la base formativa que tenemos en la sociedad cuando se termina la educación obligatoria y que ahora podemos cuantificar y vemos que sigue siendo desastrosa, pues menos del 50% de nuestros jóvenes tienen el dominio mínimo en comprensión lectora, manejo numérico y razonamiento científico. Puede ser que un país no esté cerca de la mitad, y que Perú esté más cerca de los dos tercios que de la mitad, aunque es probable que todos los países nuestros a medida que se desarrollen logren llegar a la mitad, pero igual es un problema crucial para la educación superior que solo la mitad haya asegurado las capacidades básicas.

Hoy, sabemos que lo que importa son los primeros años de la vida de los niños, desde que nacen hasta los 4 o 5 primeros años, y que gran parte del futuro, incluso gran parte de la clase social, queda determinada en esos cinco primeros años y ese es el mayor desafío porque hacer política pública a ese nivel para los estados y los gobiernos es muy complicado y representa mecanismos burocráticos muy pesados.

Considero que, para llegar a hacer algo en la sociedad, hay que meterse dentro del hogar para ver qué es posible hacer con madres y padres, y ver qué programas se pueden implementar para hacer algo. A pesar de ello, siguen las marchas por más presupuesto para las universidades mientras nadie reclama presupuesto para las cunas, los jardines infantiles, la educación inicial y las escuelas primarias; a nadie se le ocurre que estos tengan que ser de clase mundial. Más bien, la gente mira hacia arriba, a la universidad, donde es tarde y se puede hacer muy poco respecto de las desigualdades de origen.

Novedades Académicas: ¿Qué cambios se avecinan con la llegada de la inteligencia artificial, la cual viene a apropiarse del aprendizaje?

Brunner: El otro día, leyendo un informe de la OCDE donde aplicaron a los robots la prueba PISA, me sorprendió ver que lograron resultados por encima del promedio de los mejores países. Pensando en esto, yo creo que un problema nuevo vendrá cuando actividades que normalmente la gente creía que no se iban a sustituir, actividades de base cognitiva muy calificadas como la traducción, la secretaría, etc. resulten amenazadas. Pero no hay que ser tremendista. Yo creo que se van a crear miles de nuevos problemas y miles de oportunidades y hay que ver cómo aprovechar esto. En realidad, sería aterrador que alguien tenga todas las respuestas y, peor aún, que tenga todas las preguntas.

 

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